5.- Doce minutos y cuarenta segundos.
16 de agosto de 2006
Quizás los menores de edad no debieran leer esto. O las personas con una sensibilidad especial. O con una sensibilidad normal. Pero creo que se lo debo a Eleanora. Con esto daré por terminado el capítulo de su ejecución. En sus ojos desorbitados leí el mensaje que me transmitía: venganza. Y a ello pienso dedicarme con absoluta devoción.
Si lo desean, antes de seguir leyendo pueden tomar un reloj y cronometrar doce minutos y cuarenta seguntos. Quizás eso ayude a entender este post.
Eleanora no quiso que le cubrieran el rostro. Hoy pienso que quería mirarme porque, tal vez, yo le daba consuelo.
Desde que se dio la orden, a las doce y un minuto, hasta que finalmente Eleanora expiró, transcurrieron doce minutos y cuarenta segundos.
No murió con dignidad. Yo había leído que la muerte por electrocución se produce por parada cardiaca y respiratoria, y que los testigos de estos casos suelen comentar que se desprende del ejecutado un olor a carne quemada.
Al recibir la primera descarga, Eleanora saltó hacia delante, en un grito, intentando inútilmente liberarse de sus ataduras. Sus ojos parecían salir de las órbitas, vomitó sangre y llegó a defecar. A los pocos minutos, su pelo comenzó a arder ante la mirada atónita y aterrorizada de verdugo, alcaidesa, fiscal, testigos... Los alaridos de la rea atravesaban la cristalera y los muros con moqueta aislante.
Eleanora tenía que haber muerto en unos pocos segundos y con poco sufrimiento, porque es lo que exige una sociedad civilizada. Tal vez la silla eléctrica no funcionó correctamente. Un lamentable error.
No sé si alguno de los testigos podremos volver a dormir con tranquilidad de conciencia. Mi memoria me despierta cada noche con la imagen de Eleanora carbonizada, con su cuerpo ensuciado por el miedo, con los ojos que habían escapado de su rostro, con la lengua fuera de la boca en una mueca absurda que no era una burla a quienes la mirábamos, sino la última expresión de la cruel agonía a la que fue sometida por nuestra civilizada, rencorosa, vengativa, absurda y democrática sociedad.
Eleanora me transmitió el mensaje que ahora he sabido descifrar: venganza. Heredé de ella nada más que un nombre de usuario en La Coctelera y una contraseña.
Nunca la herencia de un blog conseguirá dar tanto poder a una persona. Y voy a aprovecharlo.