14 de agosto de 2006
Nunca fui amiga de Eleanora. Nos tratamos, sí, pero no siempre bien.
En nuestra relación había sobre todo desprecio por su parte y envidia por la mía. La unión del desprecio y de la envidia conduce inevitablemente al odio. Hasta que se descubre que del odio no se saca provecho alguno, y menos en nuestras circunstancias, y se pasa directamente a la indiferencia.
Hasta poco antes de la ejecución de Eleanora, la sala de testigos del cadalso de Locked Island se había convertido en un almacén sucio y destartalado. Tuvimos que limpiarlo para que pusieran parquet en el suelo y forraran las paredes de moqueta aislante. Los veinticuatro asientos de cuero casi negro se distribuyeron en tres filas a distinto nivel. Al frente, una cristalera con una cortina beige separaba la zona de los testigos de la del reo, pero, sin embargo, llegado el momento, no impediría que el olor a carne quemada lo impregnara todo.
No lograron encontrar veinticuatro testigos voluntarios. Por eso me llamaron a mí y a otras personas. La mayoría de los periodistas prefirieron esperar fuera. Ese es el motivo de que al día siguiente publicaran lo que las autoridades penitenciarias les contaron: la rea murió en pocos segundos y sin apenas sufrimiento.
La verdad fue muy diferente.
Uno de los periodistas que sí se quedó a ver la ejecución salió corriendo en cuanto se sintió el primer chasquido eléctrico. Vomitó antes de llegar a la puerta. El abogado de Eleanora se cubrió la cara con sus manos y fue incapaz de mirar los ojos de su defendida. A una señora que estaba en un rincón de la segunda fila le dio un ataque de nervios, mientras otros dos hombres que se habían colocado en el centro de la primera fila lloraban sin poder controlar las lágrimas y los espasmos.
Cuando quise darme cuenta, comprobé que los ojos de Eleanora estaban fijos en mí. Y yo ya no pude retirar los míos de los suyos. Era como si estuviéramos tomándonos de la mano y pidiéndonos mutuamente perdón.
Escribe un comentario