6 de junio de 2006. A 4 días de la ejecución.
Ya están llegando, con sus velas, con sus rezos, con sus buenas intenciones. Tan buenas como inútiles. Guardarán vigilia hasta la madrugada del sábado y llorarán cuando se les comunique mi ejecución. 
Comprendo y valoro su buena voluntad. Admiro su fe. Agradezco su solidaridad. Soy sensible a su sacrificio. Pero no comparto el método.
Sabido es que nuestro gobernador es un ultraconservador ultrarreligioso ultrapatriota. Pero precisamente estas manifestaciones le hacen más fuerte en su vomitiva mediocridad.
Es verdad que es preferible intentar convencerle por el lado moral, ético o religioso, con la idea de la grandeza del perdón y de la generosidad. Sería absolutamente inútil presentarle cuestiones intelectuales acerca de la ignominia que conlleva la pena de muerte, la degradación del ser humano en su conjunto y el triunfo de la venganza y la bestialidad.
A nuestro gobernador los derechos humanos le suenan a marxismo.
Probablemente a nuestro gobernador le molestaría muchísimo más que todos estos beatos abolicionistas se fueran de borrachera y se bebieran tantos wisquis como minutos duró mi agonía. Quizás entonces le entrara algún remordimiento al pensar que tal vez se había dañado algún hígado por su culpa. El suyo, su hígado, ya está destrozado.
Entonces, ¿qué podrían hacer estas caritativas personas? Incendiar Locked Island, sin duda.
No quisiera convertir este blog en un alegato contra la pena capital. No podría ser objetiva en ello. Estoy ya demasiado cerca de la silla eléctrica, y hace poco más de cinco años yo misma era firme defensora de su aplicación.
Por su crueldad innecesaria, por su inutilidad demostrada y por ser instrumento de venganza, y no de justicia, hoy me parece el ejemplo más claro de inhumanidad.
Porque no es el individuo el que mata, sino la misma sociedad toda ella en su conjunto (con la vergonzante coartada de "la ley") la que decide acabar con la vida de un ser humano que, aún con toda la maldad que haya desarrollado y con todo el daño que ha causado, en el momento de mearse en la silla eléctrica se trata de una persona absolutamente indefensa.
Procuraré no beber mucho la tarde del viernes para conservar la escasa dignidad que me quedará en esos momentos.
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