2 de junio de 2006. A 8 días de la ejecución.
Para mí, los días transcurren a mucha mayor velocidad de la que desearía. Si siguiera ejerciendo mi profesión de periodista, y tuviera la oportunidad de entrevistarme, no lo duden: entraría de lleno en la cuestión morbosa del asunto.
Dentro de una semana, exactamente, estarás a pocas horas y a pocos metros de la silla eléctrica. ¿Qué se siente sabiendo que se es inocente y que, sin embargo, la sentencia se cumplirá? ¿A quién te gustaría tener a tu lado la tarde del viernes? ¿Qué dirías a las personas que quieren que se te ejecute? ¿Y a los que te defienden no por ser inocente, sino por ser una persona humana? ¿Qué opinas de la pena de muerte?
¡Qué más da lo que opine!
Yo misma sacaría una cámara de fotos y retrataría a la muerte. A mi propia muerte. Pero lo único que me queda de periodismo es este blog. Ni siquiera me quedan ideas. A veces creo que me queda tan poca capacidad como tiempo.
No quiero que me tengan lástima. Mañana celebraré una fiesta para despedirme de mis compañeras de corredor. Si todo sale bien, los próximos días no serán días desperdiciados en la espera. Después de degollar a Brigitta, se pondrá en marcha una maquinaria que hoy sólo yo soy capaz de prever:
Seré detenida y llevada a una celda de aislamiento; se me interrogará y el juez decretará prisión incondicional (¿se dan cuenta de la estúpida reacción de la justicia?); mi abogado sabrá encontrar salidas para aplazar una y otra vez el juicio por el asesinato de Brigitta.
Quizás durante todo ese tiempo, los abolicionistas se dejen de retórica y hagan una huelga de hambre en condiciones, encadenados a la verja del congreso, con gran revuelo mediático.
Cambiar la pena de muerte por la cadena perpetua es, hoy por hoy, mi único objetivo. Al menos hasta que se descubra quién mató realmente a mi marido Donnald Clumsy.
Entonces mi objetivo será la libertad.
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