28 de mayo de 2006. A 13 días de la ejecución.

La alcaidesa no entiende mi interés en hacer una fiesta de despedida con mis compañeras reclusas. Dice que es una excentricidad de niña rica, ridícula y caprichosa, acostumbrada a hacer siempre lo que le da la gana, sin saber lo que es una respuesta negativa y sin una visión clara de futuro. Y tiene razón.

Lo que ocurre es que la alcaidesa ignora que aprovecharé la fiesta para degollar a Brigitta y de esta forma forzar un aplazamiento de mi sentencia hasta que se me juzgue por el nuevo crimen.

Fiorella, la vigilante, guarda el afilado cuchillo hasta ese día, y me dice al oído que está impaciente. También ella está harta de la descomunal foca nórdica. La fiesta será el próximo sábado.

En el fondo, la alcaidesa cree que yo no debería estar aquí. No porque me considere inocente, que no lo hace, sino porque piensa que una mujer con mi preparación, con mi curriculum, con mi profesionalidad, con mi glamour, no debería codearse con gentuza como Winona la coja o Candelaria la puta. Y mucho menos con la grasienta Brigitta.

A la alcaidesa, seguramente, le gustaría tenerme encerrada en una lujosa celda con la decoración de una suite de hotel de lujo.

Si fuera por ella, yo tendría jacuzzi, piscina, gimnasio... Ella estaría dispuesta a proporcionarme el vestido más elegante para la noche más importante de mi vida: la última noche.

Si por ella fuera, yo sería ejecutada en un trono eléctrico.

Sé que me adora. Pero por encima de todo es una gran profesional.

Por eso me he atrevido a pedirle el favor de hacerle llegar al gobernador un mensaje tan sencillo como humanamente comprensible: No quiero ni una sola foto esa noche. Exijo (o pido humildemente si es preciso) que no haya ninguna cámara fotográfica, y que a todos los testigos se les retire el teléfono móvil.

Me ha prometido hacerle llegar el mensaje al gobernador.