11 de mayo de 2006

Desde que me comunicaron que la ejecución de la sentencia tendrá lugar a las cero horas y un minuto del día diez de junio, he estado incomunicada físicamente con las otras presidiarias. Nos lanzamos improperios a gritos que resuenan en las desnudas paredes del pasillo.

En el corredor de la muerte sólo hay doce celdas, todas ocupadas por las presas más peligrosas -según parece-, aunque yo soy la única que está condenada a la silla eléctrica.

Y ahora entiendo el por qué de esa incomunicación, y desconozco si será permanente hasta el día de la ejecución.

He decidido que si en algún momento me dejan estar con alguna de mis compañeras, especialmente con la foca nórdica, voy a hacer algo que sin duda aplazará la ejecución de mi sentencia. La idea me la ha dado El-peletero:

¡Caramba!, haz algo, mata, esta vez si, a alguien que tenga dos patas y que no sólo sea un pollo, te tendrán que juzgar, ganarás tiempo y si al final te condenan, que más da asarse por uno que por dos. Haz que la historia avance. (*)

No sé si la historia avanzará, pero voy a procurar dar una prórroga a la mía. Si consigo rebanar el grasiento cuello de Brigitta (¿resbalará el cuchillo?), sin duda tendrán que volver a juzgarme por un nuevo crimen. A los ojos de la justicia el asesinato de Donnald Clumsy lo cometí yo, algo totalmente falso, y van a electrocutarme por ello. Pues bien, ya que van a matarme, al menos que lo hagan con alguna razón.

A la justicia no le importa que haya errores en las sentencias, pero le incomoda muchísimo que haya delitos que queden sin ser juzgados, no lo tolera. Y la justicia es lenta, aquí y en Sebastopol.

Hasta que el nuevo veredicto me condene nuevamente a muerte, habrán podido pasar dos años. Se dirá que mi intención es injusta, cruel e inmoral.

Brigitta, la sudorosa y bigotuda foca nórdica, mató con saña a su marido, a sus dos hijos y a su madre impedida. Cuando la detuvieron le salía la cerveza por cada poro de su grasienta piel.

No la condenaron a muerte porque al ser imbécil, estar borracha y no hablar nuestro idioma (lo ha aprendido mal en la cárcel) pensaron los jueces que no se enteraría bien de lo que era la silla eléctrica.

Ejecutar a alguien que no sabe que lo están ejecutando no tiene ningún sentido.

Así que para que se diera cuenta de que estaba purgando culpas, decidieron condenarla a cadena perpetua: para que aprenda.

Yo no maté a nadie (aunque sí era esa mi intención) y ya me ven, esperando la parca de aquí a un mes.

Si haciendo justicia con la familia de Brigitta yo puedo vivir un par de años más, ¿qué hay de malo en ello?

Pero para eso tendrán que dejarme estar con ella en algún momento.


* Nota del transcriptor: En la primera versión de este blog, El Peletero se convirtió en un visitante asiduo. A tenor de la evolución de la historia, sus comentarios eran apreciados y tenidos en cuenta por Eleanora.