21.- Yo también quiero a mi marido.
7 de mayo de 2006
Yo estaba dispuesta a reconocer mis intenciones. Podía tragarme mi orgullo, arruinar mi carrera profesional, convertirme en la persona más odiada del país (ya lo era; ya lo había sido); podía verme obligada a marcharme muy lejos, al otro extremo del mundo, si es que hoy el mundo tiene extremos. Pero quería que todos supieran que yo no había asesinado a mi marido, Donnald Clumsy.
Sin embargo, Cheater me dijo que todo eso no eran más que tonterías y que si se me ocurría soltarlo en el juicio estaba enchufando la silla eléctrica.
- ¿Algo que declarar la acusada?
Miré al juez. Miré al fiscal y después a todos y cada uno de los miembros del jurado. Vi en el rostro de todos ellos rencor, odio profundo, sed de venganza. Sabía que todos ellos habían sido admiradores de Donnald Clumsy. Por mi culpa, las "Tardes con Donn" se habían convertido en tardes sin ton ni son. Y no estaban dispuestos a perdonármelo.
Me volví para mirar al público y a los compañeros periodistas que abarrotaban la sala. De ello dijeron al día siguiente que había sido una actitud fríamente teatral. Mis compañeros. Los que la semana pasada me adulaban, bebían mi mejor vino en mi casa, conspiraban en mi jardín para fabricar un escándalo que pusiera entre las cuerdas a algún miembro del gobierno, ellos, mis compañeros, se habían convertido en buitres carroñeros que se relamían con la perspectiva de grandes tiradas, altas audiencias. quizás algún best-seller. 
Sobre la mesa de mi celda hay varios libros que tratan el tema. El asesinato que yo no cometí ha enriquecido a más de uno. Nunca di mi autorización para que se hiciera una película y, sin embargo, dicen que será candidata al óscar. No la podré ver.
La voz me temblaba:
- Sólo quiero decir que... yo... también quiero a mi marido.
Desgraciadamente, este país de memos que ha permanecido ocho años hipnotizados por "Tardes con Donn" y otros cinco anestesiados por el juicio y sus secuelas, es incapaz de captar la sutileza de los tiempos verbales. Mientras todo el país reconocía lo mucho que había querido a Donnald Clumsy, yo, su mujer, su viuda, su asesina a los ojos de todos, seguía queriéndolo.