3 de mayo de 2006
Al verdadero asesino de Donnald Clumsy le salieron muy bien las cosas aquella mañana. Entró en la casa con la única intención de matarlo. Quizás si yo hubiera estado allí me hubiera matado también a mí. Pero yo llegué, precisamente, en el peor momento.
Al abrir la puerta del dormitorio, yo con las tijeras en la mano, vi a mi marido tumbado boca arriba, con el brazo colgando fuera de la cama y bajo él el teléfono caído. Uno de los cuchillos de mi cocina estaba clavado en su pecho.
De la impresión, las tijeras se me cayeron al suelo, pero pude acercarme para comprobar que el cuerpo aún estaba caliente. Alguien había hecho el trabajo por mí.
Miré a mi alrededor. Todo estaba impecable. No se habían llevado ni una joya, ni un cuadro; no habían revuelto cajones ni armarios; no habían buscado fotografías o recuerdos.
No lo había asesinado una adolescente desequilibrada, y el cuchillo clavado en su corazón era de mi cocina. De modo que decidí modificar la escena del crimen. Porque todas las sospechas debían alejarse de mí y encaminarse a Karolina, el personaje de ficción que yo misma había creado para servirme de coartada.
Y así me pilló la policía, que había atendido la última llamada de Donn: desencajada, revolviendo cajones, rasgando cuadros valiosos, manchando paredes... y vestida con un mono de motorista y con los guantes puestos.
Comprendí que no tenía nada que decir ni nada que hacer, salvo dejarme colocar las esposas.
Ni siquiera sabía qué podía decirle a mi abogado.
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