28 de abril de 2006
Cuando supe que la policía ya tenía constancia de la existencia de Karolina, comprendí que había llegado el momento de asesinar a mi marido. Además, Leo Barely se estaba poniendo muy pesado, pues se acercaba el día en el que tenía que entregar la entrevista a Donnald Clumsy y ni siquiera le había dado a leer un borrador.
Aquel domingo, el café estaba mejor que nunca, y el croissant recién hecho me supo a gloria. Donn se había acostado ya amanecido el día. Había vuelto muy tarde de los estudios centrales, como él decía, y se quedó un largo rato viendo el programa que yo le había grabado: "Tardes con Donn, especial fin de semana", y lo vería mientras zapeba sobre programas de televenta o esos otros guarros que las cadenas locales suelen emitir de madrugada.
Cuando se metió en la cama, me dio un beso en los labios que me supo a cerveza. Desperezándome le dije que pensaba pasar el día en la casita de la montaña, preparando un trabajo.
- ¿Tú sola?... -se dio media vuelta dándome la espalda-. Muy bien, cariño.
Perfecto. Sólo quería saber si podría arrepentirme, y su cogote y su espalda confirmaron que estaba haciendo lo correcto.
Se había vuelto a poner ese pijama horrible. ¿Por qué no le había tirado ya ese pijama? Me di cuenta de que demasiadas personas iban a verlo dentro de aquella insoportable colección de desgastadas rayas de colores: los amigos, quizás algún periodista, los policías, los forenses... ¿Le había cosido Asunción la bragueta?
Contemplaba su cuerpo: ¿Por qué tenía yo que soportar tanta flacidez rodeada de rayitas? (Borraré "tanta" y pondré "esa"). Ya no tenía ninguna duda. Apagó la luz y bostezó sonoramente. No podré arrepentirme. Se tiró un pedo. Lo mato ahora.
- Perdón -susurra.
Lo mato ahora. Lo mato ahora mismo. Lo mato, lo mato.
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