16 de abril de 2006
Llevo demasiados años soportando sobre mí las miradas de envidia, admiración y celos, y, sin embargo, a nadie parece importarle lo que yo siento.
Después de tantos esfuerzos como profesional y como mujer, de haber escalado puestos por méritos propios, sin que nadie me diera nada -ni siquiera ánimos-, resulta que lo único que a los demás les interesaba de mí era que les dijera si mi marido roncaba o si le gustaban los huevos fritos con patatas. O, peor: si mi marido era feliz.
Es decir: si yo sabía hacer feliz a mi marido.
Todo el mundo sabe que soy periodista como él, pero olvidan con facilidad que yo ya tenía mi propia columna, leída diariamente (¡y tenida en cuenta!) por la clase política, cuando él era un jovencito recién salido de la facultad de periodismo, lleno de tantas ambiciones como lagunas intelectuales. Sin embargo, pronto recordaban que era mayor que él, y pocos creían la verdad: que esa diferencia de edad se reducía a cuatro años. Sólo cuatro años mayor que él, aunque reconozco que la diferencia se notaba demasiado, sobre todo cuando acudíamos tomados de la mano a alguna recepción o a alguna fiesta.
Pero, claro, yo no salía en la televisión todas las tardes. Y él sí. Y eso lo notaba su cutis y su pelo, porque el cuidado que le prestaba a su imagen no era el mismo que el de una persona que, además de llevar una casa, tenía que estar hasta las tantas en la redacción de un periódico.
Ahora que estoy encerrada en Locked Island, estoy dispuesta a contar todo lo que ocurrió. Sin ánimo de disculparme, sólamente por contarlo.
Escribe un comentario